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LA RIQUEZA QUE PRODUCIMOS, EL BIENESTAR QUE DEBEMOS CONSTRUIR

Hace un par de semanas se celebró Exponor 2026, una de las ferias mineras más importantes de América Latina, realizada en el corazón de uno de los distritos mineros más relevantes del mundo. Durante cuatro días, Antofagasta volvió a transformarse en el punto de encuentro de empresas, proveedores, autoridades, inversionistas, emprendedores y trabajadores que comparten un objetivo común: construir el futuro de la minería.


Recorriendo los pabellones, participando en seminarios y conversando con actores de distintos sectores, es imposible no sentirse orgullosa de lo que hemos sido capaces de construir desde esta región. Innovación, tecnología, automatización, inteligencia artificial, electromovilidad, hidrógeno verde, desalación y energías renovables fueron parte de una conversación que demuestra que la minería del siglo XXI está cambiando aceleradamente.
Pero también es imposible no observar los contrastes.


Porque mientras en Exponor se exhiben algunas de las tecnologías más avanzadas del planeta, a pocos kilómetros de distancia siguen existiendo comunidades que esperan mejores oportunidades, barrios que requieren mayor inversión pública y familias que todavía no perciben con claridad los beneficios del desarrollo que genera una de las industrias más importantes de Chile.
Ese contraste no es nuevo. De alguna manera ha acompañado la historia de nuestra región desde sus orígenes.


Quienes vivimos en Antofagasta conocemos bien esa paradoja. Somos una región que ha contribuido decisivamente al desarrollo de Chile, primero con el salitre, luego con el cobre y hoy con los minerales que harán posible la transición energética mundial. Sin embargo, todavía seguimos discutiendo cómo lograr que esa prosperidad se refleje con mayor fuerza en la calidad de vida de nuestras comunidades.
La historia energética del norte grande es, en muchos sentidos, reflejo de esa realidad. En pleno siglo XIX, cuando la minería salitrera buscaba expandirse en el desierto más árido del mundo, la escasez de agua amenazaba el desarrollo de las faenas mineras. Fue entonces cuando en Las Salinas se desarrolló una de las primeras plantas industriales de desalación solar de la historia, utilizando únicamente la energía del sol para producir agua dulce destinada a las actividades productivas y a la vida en el desierto. Más de 150 años después, esa experiencia nos recuerda algo fundamental: la energía siempre ha sido una condición habilitante para el desarrollo de nuestro territorio.


Por eso, cuando escuchamos hablar de cobre verde, de electromovilidad, de hidrógeno verde o de descarbonización, conviene recordar algo fundamental: sin energía no hay minería.
La energía no es un servicio complementario ni un tema secundario. Es la condición habilitante que permite extraer minerales, mover plantas industriales, bombear agua, transportar concentrados y sostener la actividad económica que impulsa el desarrollo regional y nacional.


Y hoy esa relación adquiere una dimensión aún más estratégica. El mundo demanda minerales críticos para enfrentar la crisis climática, pero también exige que esos minerales sean producidos con menores emisiones, con un uso más eficiente de los recursos y con estándares ambientales cada vez más exigentes.
Antofagasta tiene una oportunidad histórica. No solo porque concentra algunos de los recursos minerales más importantes del planeta, sino porque además posee una de las mayores disponibilidades de energía solar del mundo y un enorme potencial para liderar el desarrollo del hidrógeno verde.
Sin embargo, el desafío no puede limitarse a producir más.


Desde la política, desde las empresas y desde la sociedad civil debemos hacernos una pregunta incómoda pero necesaria: ¿cómo logramos que esta nueva etapa de desarrollo llegue efectivamente a las personas?


¿Cómo hacemos que la innovación se traduzca en mejores empleos, mayor formación técnica, más oportunidades para proveedores locales, mejor infraestructura urbana y una mejor calidad de vida para quienes habitan los territorios donde se genera esta riqueza?


La licencia social para el desarrollo no se construye únicamente con indicadores económicos. Se construye cuando las comunidades perciben que el progreso también mejora sus vidas.
Exponor nos mostró nuevamente el enorme potencial de nuestra región. Pero también nos recordó que el verdadero éxito no estará únicamente en las toneladas producidas ni en las inversiones anunciadas. Estará en nuestra capacidad de convertir esa riqueza en bienestar compartido.
Porque la minería necesita energía para mover el futuro. Pero ese futuro solo tendrá sentido si también es capaz de mover las oportunidades, la esperanza y el desarrollo hacia las personas.
Y esa es, quizás, la transición más importante que tenemos por delante.

Ingeniera Química de la Universidad de Santiago de Chile, MBA de la Universidad de Chile y Diplomada en Hidrógeno Verde de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

Cuenta con más de 20 años de experiencia liderando equipos multidisciplinarios y desarrollando proyectos en medioambiente, biotecnología, minería e industria.

Actualmente es Gerente de Negocios y socia en Turbomáquinas, consultora en ASSEM Habilita y Presidenta del directorio de la FILZIC.

Fue Seremi de Energía de la Región de Antofagasta (2022–2026) y ha ocupado diversos cargos ejecutivos en los sectores industrial, ambiental y biotecnológico. Además, fue cofundadora y CEO de empresa de base tecnológica, integró la directiva de ASIQUIM (Zona Norte)

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