Hace unas semanas, al compartir la experiencia de Tocopilla en espacios regionales, volvió a quedar en evidencia algo que hoy resulta imposible de ignorar: la transición energética ya no es solo un desafío tecnológico. Es, sobre todo, un desafío social.
Chile avanza con decisión en energías renovables, almacenamiento y nuevas industrias como el hidrógeno verde. Las cifras son contundentes y el posicionamiento internacional es cada vez más relevante. Sin embargo, en medio de este dinamismo, persiste una pregunta incómoda pero necesaria: ¿estamos construyendo esta transición con todas las voces que deben estar al centro?
La experiencia de Tocopilla ofrece una respuesta concreta. Allí, las mujeres no solo participaron del proceso, sino que lo transformaron. Dirigentas sociales, lideresas ambientales, profesionales y vecinas ampliaron el alcance de la conversación, incorporando dimensiones que históricamente han quedado fuera del debate energético. La transición dejó de ser exclusivamente una discusión sobre infraestructura o reconversión productiva, para integrar aspectos esenciales para la vida en los territorios, como la salud, el cuidado comunitario, la educación ambiental y las oportunidades para las nuevas generaciones.
Ese cambio de enfoque no es menor. Es lo que permite hablar con propiedad de una transición socioecológica justa. Y también deja en evidencia una tensión que el país no puede seguir eludiendo: cuando las mujeres no están en el centro de la toma de decisiones, estas dimensiones simplemente no aparecen con la fuerza que requieren.
Lo más relevante es que este liderazgo no se quedó en el plano discursivo. En Tocopilla, el proceso derivó en soluciones concretas que impactan directamente la vida de las personas. El programa Casa Solar Social permitió que cerca de mil familias de la comuna accedieran a tecnología solar, reduciendo sus cuentas de electricidad y avanzando en algo tan estratégico como la democratización del acceso a la energía. Detrás de ese resultado hay política pública, pero también hay algo igual de importante: organización territorial, confianza y un liderazgo comunitario sostenido, donde las mujeres jugaron un rol decisivo.

Ese es, quizás, uno de los aprendizajes más relevantes para el momento que vive Chile. La transición energética no se sostiene únicamente sobre inversión, innovación o despliegue tecnológico. Se sostiene, en gran medida, sobre su legitimidad social. Y esa legitimidad no se construye desde los centros de decisión alejados del territorio, sino desde procesos participativos reales, donde las comunidades —y particularmente las mujeres— tienen incidencia efectiva.
Hoy el país enfrenta una nueva etapa, marcada por desafíos como el desarrollo del almacenamiento, la expansión de las energías renovables a gran escala y la consolidación de industrias como el hidrógeno verde. En ese contexto, existe el riesgo de avanzar con rapidez en lo técnico, pero sin incorporar con la misma fuerza las lecciones sociales que ya están disponibles.
Tocopilla demuestra que es posible hacer las cosas de otra manera. Que los procesos donde las mujeres participan activamente no solo son más inclusivos, sino también más robustos, más sostenibles y más legítimos en el tiempo. No es una aspiración teórica, es evidencia construida en terreno.
La pregunta, entonces, ya no es si este enfoque debe adoptarse. La pregunta es cuánto tiempo más estamos dispuestos a postergar su escalamiento. Integrar el enfoque de género en la política energética, abrir espacios reales de decisión para las mujeres en la industria y reconocer el valor del liderazgo territorial no son gestos simbólicos. Son condiciones necesarias para que la transición energética cumpla su promesa de ser justa.
Chile tiene hoy la oportunidad de consolidar un liderazgo que vaya más allá de los megawatts y las inversiones. Un liderazgo que se mida también por su capacidad de construir desarrollo con sentido, con equidad y con las personas en el centro.

Tocopilla ya mostró un camino posible. Uno donde la transición no se impone, sino que se construye colectivamente. Y donde las mujeres no acompañan el proceso, sino que lo lideran.
Porque cuando ellas están al centro, la transición energética deja de ser solo un cambio de matriz. Se transforma, verdaderamente, en una transformación de país.