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La nueva fiebre del oro busca Megawatts

energía renovable para las IAs

La inteligencia artificial parece inmaterial. Vive en una pantalla y responde en segundos, pero detrás de cada consulta existen servidores, redes, sistemas de refrigeración y enormes cantidades de electricidad. La nube, en realidad, tiene suelo, cables, agua y territorio. Y esa materialidad está abriendo una competencia mundial que Chile ,y particularmente Antofagasta, no debiera mirar desde la galería.
La Agencia Internacional de Energía estima que los data centers consumieron alrededor de 415 TWh en 2024 y que su demanda eléctrica podría más que duplicarse hacia 2030, hasta cerca de 945 TWh. Un data center convencional puede demandar entre 10 y 25 MW; uno de gran escala especializado en inteligencia artificial puede superar los 100 MW. La nueva fiebre del oro, entonces, no busca únicamente chips. Busca MW disponibles, estables y competitivos.


Antofagasta aparece con una ventaja extraordinaria: radiación solar de clase mundial, base industrial y minera, puertos y almacenamiento energético creciendo aceleradamente. Pero además tenemos una paradoja: energía renovable que muchas veces no logramos utilizar. Según ACERA, Chile recortó 6.084 GWh de generación renovable durante 2025 por restricciones de transmisión, falta de demanda y flexibilidad del sistema, y Antofagasta concentraba el mayor volumen regional de esos recortes hasta octubre.


Por eso importa que el país haya comenzado a mirar hacia el norte. El Ministerio de Ciencia y Desarrollo País firmaron en 2025 un convenio para avanzar en un Campus de Data Centers en Antofagasta, vinculado a un Campus de Inteligencia Artificial. A ello se suma Grenergy, que creó GR Data, con un pipeline inicial de hasta 1 GW de capacidad IT en Chile, e informó el desarrollo de un campus de inteligencia artificial en María Elena asociado a sus plataformas solares y de almacenamiento.
La oportunidad es enorme, pero conviene no repetir una historia conocida: que la región aporte suelo, energía, agua e infraestructura y que el conocimiento, los empleos especializados y la mayor parte del valor agregado terminen radicados en otra parte.


Un data center por sí solo no transforma una economía regional. El desarrollo aparece cuando se conecta con universidades, formación técnica, proveedores, investigación, minería inteligente, ciberseguridad, startups y capacidad pública de cómputo. El Campus de IA debe ser más que servidores: tiene que convertirse en política de desarrollo productivo regional.


También debemos hablar del agua. En una región desértica sería incomprensible impulsar esta industria ignorando su huella hídrica. Los nuevos proyectos debieran privilegiar tecnologías de bajo consumo, agua de mar, desalinizada o reutilizada, y reportar indicadores de eficiencia. Y atraer data centers no puede significar tensionar la red ni trasladar costos a hogares y empresas: deben acompañarse de generación, almacenamiento, transmisión y soluciones 24/7.


Eso es justamente lo que otras potencias están entendiendo. China y Estados Unidos concentran la mayor parte del crecimiento mundial. Finlandia acaba de atraer una inversión de Google superior a US$15 mil millones vinculando infraestructura de IA con energía, redes y almacenamiento. Y Argentina ya compite desde la Patagonia por proyectos de cientos de MW. La inteligencia artificial puede parecer una carrera tecnológica, pero la verdadera ventaja estará donde converjan energía, infraestructura y capital humano capaces de transformarla en desarrollo.


Antofagasta podría agregar otra pieza: el Corredor Bioceánico. Si vamos a conectar Brasil, Paraguay, Argentina y los puertos del norte de Chile, deberíamos pensar también en un corredor digital. Fibra óptica, centros de procesamiento, infraestructura de nube y servicios tecnológicos pueden acompañar a las mercancías. El corredor del siglo XXI no debiera transportar solamente toneladas; también debiera transportar datos.
Chile cuenta además con infraestructura estratégica en construcción. El cable submarino Humboldt – con más de 14 mil kilómetros entre Chile y Australia -aprobado este año, conectará Chile con Oceanía y desde allí con Asia-Pacífico, aumentando capacidad y redundancia digital. A esto se suma la discusión sobre eventuales conexiones directas hacia China y Hong Kong. China sigue siendo nuestro principal socio comercial, por lo que profundizar la conectividad con Asia cobra mucho sentido. Pero la pregunta de fondo es otra: soberanía digital.
Y esto significa que Chile además de requerir la capacidad de procesar la información y contar con infraestructura crítica resiliente, debe establecer reglas claras sobre el uso de tecnologías que tendrán cada vez más poder sobre nuestra economía y nuestra democracia, además de autonomía para decidir quién controla infraestructura crítica.
Y hay una dimensión democrática que no podemos eludir. La misma inteligencia artificial que puede elevar productividad u optimizar procesos mineros también puede fabricar videos falsos, suplantar identidades, amplificar operaciones coordinadas de desinformación y manipular la opinión pública. El caso de Fernando Cerimedo y las investigaciones abiertas en Chile sobre eventuales redes de bots y su vínculo con actuales autoridades políticas deben servir como advertencia. Cerimedo ha estado ligado a estrategias digitales de sectores de derecha en distintos países latinoamericanos. El fenómeno de la utilización intensiva de redes, automatización y campañas digitales agresivas ha adquirido especial relevancia en el surgimiento de las nuevas derechas radicales de la región y eso nos obliga a legislar.
Chile necesita acelerar una legislación moderna sobre inteligencia artificial. Debemos sancionar la suplantación maliciosa, los deepfakes destinados a engañar y la operación encubierta de redes automatizadas, resguardando al mismo tiempo libertad de expresión, investigación e innovación. La soberanía tecnológica también consiste en que nuestras instituciones democráticas puedan defenderse.
Durante décadas Antofagasta produjo los minerales que hicieron crecer a Chile. Después comenzó a producir buena parte de la energía renovable que está transformando nuestra matriz. Hoy aparece una tercera oportunidad: utilizar esa energía para participar de la economía del conocimiento.


La pregunta no es si queremos data centers. Van a construirse en alguna parte del mundo. La pregunta es qué obtiene Chile —y qué obtiene Antofagasta— a cambio de poner a disposición sus MW, su territorio y su infraestructura.


Si lo hacemos bien, la inteligencia artificial puede ser una nueva fuente de productividad, diversificación y soberanía. Si lo hacemos mal, tendremos otra industria intensiva en recursos instalada en el norte mientras el valor viaja hacia otra parte.
La nueva fiebre del oro busca MW. Antofagasta los tiene. Ahora necesitamos una política capaz de convertirlos en desarrollo.

Ingeniera Química de la Universidad de Santiago de Chile, MBA de la Universidad de Chile y Diplomada en Hidrógeno Verde de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

Cuenta con más de 20 años de experiencia liderando equipos multidisciplinarios y desarrollando proyectos en medioambiente, biotecnología, minería e industria.

Actualmente es Gerente de Negocios y socia en Turbomáquinas y consultora en ASSEM Habilita.

Fue Seremi de Energía de la Región de Antofagasta (2022–2026) y ha ocupado diversos cargos ejecutivos en los sectores industrial, ambiental y biotecnológico. Además, fue cofundadora y CEO de empresa de base tecnológica, integró la directiva de ASIQUIM (Zona Norte)

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